La contracultura: un mundo mejor
es posible
En estos
tiempos de turbulencias financieras graves que afectan a la zona euro de una
manera tan traumática, que no parece vislumbrarse el final del túnel próximo,
sino más bien el colapso de la soñada Europa unida y su moneda fuerte basada en
economías con fundamentos sólidos, es bueno echar un vistazo a cierta visión de
la vida sana, decente y cargada de utopías muy factibles, con la esperanza en
el convencimiento de que un mundo mejor es posible. El capitalismo como sistema
económico ha fracasado, y la quiebra de Lehman Brothers y la crisis de las
hipotecas basura lo atestiguan, aunque la codicia humana sigue intacta, también
los poderes fácticos en la sombra mantienen todo su vigor y pujanza, mientras
políticos ineptos y poco preparados arruinan la praxis económica keynesiana,
los halcones neocons de la trinchera de enfrente se frotan las manos ante lo
que tienen que hacer, que es precisamente lo que más les gusta hacer: el
recorte de un estado del bienestar dignamente ganado por la explotada clase
trabajadora, cubrir las estafas de banqueros indignos de tal nombre, y dejar de
lado la subida de impuestos a las grandes fortunas. Pese a todo el sufrimiento
que viene y vendrá, el hombre común de las aceras españolas sigue pensando que
un mundo mejor es posible, y yo mismamente quiero seguir aferrado a esa idea,
ya que lo contrario sería la asunción de mi fracaso como ser humano, del
fracaso de nuestra generación como seres humanos. Y eso nunca, uno puede
fracasar en muchas cosas, pero ante el reto de la dignidad humana denigrada es
inadmisible la renuncia a seguir luchando: ver a un enfermo de Parkison tirado
en la calle pidiendo limosna es inaceptable, no lo soporta la dignidad humana,
hay que rebelarse.
Pues esto
ofreció en su momento la contracultura
estadounidense a una juventud castigada por la dura posguerra mundial tras la
aniquilación del nazismo y el imperialismo nipón, un modo de rebelión ante el
sistema egoísta y estrecho que constreñía al individuo dentro de un consumismo
alienante. Sí, podéis decirme, eso es cierto, pero luego la rebelión se
mercantilizó, y enriqueció a mucha gente astuta. Lo marginal elevó a los
altares de la mitología popular a muchos impresentables: eso es una evidencia
lacerante, por así decirlo de una manera suave, pero yo prefiero quedarme con
unas declaraciones recientes de John Lydon, el honesto líder de los Sex Pistols
de 56 años que en los años ochenta dieron una vuelta de tuerca más a la
contracultura con el movimiento punk: despedazar a los viejos dinosaurios de la
industria discográfica, y crear formas de expresión más auténticas con la idea
subyacente de que un mundo mejor era posible. Decía Lydon, uno de los creadores
de “Never
mind the bollocks” (No me toques los cojones) y un clasicazo del rock
and roll: “Esta crisis debería inspirar a los jóvenes, en nuevas formas más
creativas de pensar en el mundo en que vivimos”. Lydon hizo la declaración el
otro día, en la promoción y lanzamiento de su último disco. Con esto quiero
quedarme yo, con la convicción de que el espíritu rebelde de la contracultura
está vivo, y las nuevas generaciones tienen mucho por hacer, debe mirar hacia
dentro de sí mismas, y pensar, quién soy y adónde voy. Algo muy tópico pero fue
lo que animó a aquellos jóvenes escritores entusiastas, que conformaron el
crucial Renacimiento Poético de San Francisco de 1956, los beatnicks
irreverentes que fueron el germen de todo, como en el siglo XIX Lermontoff,
Poe, Byron, Heine, Puskin o Goethe inventaron el Romanticismo, en el que el ser
humano era el protagonista principal e invariablemente innegociable de sus
obras. Todo esto siempre ha supuesto el avance del género humano hacia un mundo
mejor. El factor humano es lo esencial de cada civilización, y por eso siempre
me he aferrado a ideas que me han ayudado a vivir, por eso me fascina
Buenaventura Durruti, el líder anarquista español, cuando decía: “Nos encontraremos
todo en ruinas y devastado; pero es igual, nosotros llevamos un mundo nuevo en
nuestros corazones”. Algo hermoso que debería quedar escrito con letras de
oro en la Historia.
La
prosa espontánea, o kickwriting
En el anterior número hablamos de Salinger, autor de El Guardian en el Centeno, una de las
novelas norteamericanas más importantes del siglo pasado. En el actual vamos a
hacerlo de Jack Kerouac y su novela On
The Road, otra gran obra del siglo veinte muy influyente a nivel global,
puede ser en mi modesta opinión la que más, por la incidencia que tuvo en los
cinco continentes entre la juventud de final de siglo, como su mantenimiento en
las nuevas generaciones. Entre esa masa influida me incluyo, y puedo decir con
mucho orgullo, que durante años no faltó nunca en mi mesilla de noche, para
leerla con verdadera devoción y entusiasmo. Cuando llegaba al final del libro -de
la venerable Editorial Losada de Buenos Aires, por cierto- volvía a empezar por el primer capítulo; si la
dejaba y cogía otra, al terminar ésta no podía evitarlo, volvía rápido al
escenario de las “increíbles” aventuras de aquella pareja de chiflados, que
eran Sal Paradise/Kerouac y Dean Moriarty/Neal Cassady recorriendo los USA
desde San Francisco a Nueva York con su divina chifladura, y sin otro fin que
descubrir “qué” iba a depararles el
camino, hasta llegar al agua del océano y decirle Dean a su amigo: “Bueno, Sal,
aquí está el mar, ya no hay más carretera. Yo me vuelvo para San Francisco”, y
el tío dejaba a Paradise con la mamá en su cálido hogar neoyorquino, cogía un
autobús de la Greyhound, y se metía cinco mil kilómetros de vuelta a San
Francisco, donde le esperaban su mujer y su hija y su trabajo de guardafrenos.
No tiene otro argumento la obra, y no lo necesita.
Yo en aquellos años de juventud no podía apartarme de
aquella prosa que me atrayente como un imán, arrastrado por la belleza de las
metáforas y su brillante y ardorosa
fuerza descriptiva. Kerouac es el autor con más capacidad para la descripción
de cualquier cosa que he conocido -en ocasiones incluso muy prolijo y casi
pesado- una escritura impregnada por su vital poesía potente y de su sinceridad
brutal, y es infinitamente mejor prosista que poeta. Su hallazgo enorme fue la
prosa espontánea, el otro invento fue la Beat
Generation, la reunión de otros novelistas y poetas amigos suyos como
Gingsberg, Bourroughs, Corso, Snyder y otros que siguieron el fulgor de su
inagotable energía; la gente que aglutinaba el grupo fueron llamados beatnicks, el famoso germen de la
contracultura de los hippies de los sesenta en California, de los que el autor
de Massachussets después renegaría. Llevó una vida muy estresada y agotadora,
tuvo un gran éxito entre la masa contracultural, pero no lo supo llevar, y
murió a los 49 años de una cirrosis hepática completamente alcoholizado. La
herencia entre sus descendientes todavía hoy es objeto de lamentables pleitos y
disputas, pero la aportación que hizo a la literatura fue inmensa y sobre todo
trascendental. Paradise/Kerouac termina su relato con estas palabras: Sí, me acuerdo de Dean Moriarty. Bien, a
día de hoy somos unos cuantos millones de personas en todo el mundo, que
podemos decir: Sí, me acuerdo de Jack Kerouac. Es su gran
legado, y pienso que no es prematuro decir que ha pasado a la inmortalidad.
La acción de On The
Road se desarrolla entre 1947 y 1950, y fue escrita bajo el colocón de cantidades
enormes de anfetaminas en un tirón durante un par de meses, y no se publicó
hasta 1957, o sea que el manuscrito anduvo por mil sitios diferentes a cual más
extravagante durante siete años. Kerouac había escrito una novela anterior
publicada de mil páginas, El Pueblo y La
Ciudad, que no tuvo ningún éxito, y allí su estilo era la prosa tradicional,
del que después abominaría. Siempre se quejaba de que le costó encontrar su
voz, sin embargo entonces decía que se divertía mucho, y que cuando la encontró
sufría más escribiendo, y que su aburrimiento era mortal. Y fue así como
mientras Jack Kerouac se divertía descubrió la kickwriting, o sea la prosa espontánea. Nadie siguió escribiendo en
ese estilo tan personal, nadie intentaba imitarle, aunque su incidencia en la
novelística contemporánea ha sido poderosa.
Durante aquellos años de posguerra en los USA hacía furor el
bip-bop de Charlie Parker, Dexter
Gordon y demás con unos solos improvisados de saxófonos, pianos y trompetas que
fascinaban a aquellos beatnicks,
terminando el fraseo musical tal cual como se acababa el aire de sus pulmones,
y esa era otra de las razones, que hacía atravesar los USA de Costa a Costa a hipsters como Moriarty/Cassady y
Paradise/Kerouac. Esa forma de interpretar el jazz la aplicó el novelista a la
hora de ejecutar su prosa: plasmar en papel las imágenes que brotaban de su mente
de manera espontánea a mucha velocidad, de manera similar al sonido jazzístico
del saxo de Charlie Parker, o sea, mientras durara el aliento vital en su mente, una especie de
“respiración mental”, como él mismo definió. En On The Road obtuvo un gran resultado, y es el gran mérito de la
obra. Sí, creo que me acordaré siempre de Jack Kerouac.
Juan Pueyo