Un acontecimiento ha alborotado el mundillo
literario durante estos últimos días, y esto ha sido provocado por el anuncio
del ministerio de Educación y Cultura que al novelista Javier Marías, hijo del
filósofo post Generación del 27, Julián Marías, le ha sido concedido el Premio
Nacional de Narrativa 2012, y la posterior renuncia del galardonado fue factor
constitutivo de una polémica sustanciosa que agitó redes sociales, (fue
trending topic en Twitter), radio, prensa escrita y hablada. El autor madrileño
es un señor académico de la RAE de mi generación, lo cual ya es una buena razón
para que me caiga bien y sienta cierta admiración, además del respeto a la
excelencia de su prosa claro está; tenaz, concienzudo e importante escritor en
esta España multicultural que vivimos. Su obra es muy seria, muy honesta, y
sobre todo muy coherente, unos valores por su escasez enormemente valiosos. Hay
quien le tacha de aburrido y plomazo: "Marías es muy bueno...pero un
peñazo", es una frase que se oye a menudo. De igual modo una chica decía
el otro día en Facebook, que se lo recomendaba su profesor de Penal, alabando la
profundidad de sus reflexiones. Yo desde siempre he sido un admirador suyo,
incluso hubo un tiempo que me coleccionaba sus artículos semanales de El País, porque
me impresionaba su integridad, tan digna, tan sobria, tan castellana. Tan sólo en un momento dado podría
recriminarle su madridismo, que al principio me causó cierto repelús, aunque
luego se transformó en simpatía, y me supuso una gratificante reconciliación
con algunos valores del madridismo, que mi fanático ardor culé me había
solapado descaradamente.
El ministro de Educación y Cultura Sr. Wert, otro
bachiller del primer plan de estudios de la posguerra de 1957 que conoce la
historia de esta península Ibérica a través del susodicho plan antigualla
casposa, sesgada manipulación de hechos históricos, dicho sea de paso, un
ministro que quiere como Franco españolizar Cataluña -¿no es más sencillo y
propio del siglo que Cataluña sea Cataluña, y Extremadura sea Extremadura?-
también enemigo de la educación pública y entusiasta del elitismo de la privada,
le ha concedido graciosamente al bueno de Javier Marías el Premio con el
subsiguiente bonus de veintemil eurejos de nada. Marías es un novelista muy
traducido, vende bien sus novelas en varios países; según parece su vida es
desahogada, y así a bote pronto no tiene ambición por acumular una cuenta
corriente de demasiadas cifras a la derecha; en consecuencia ha rechazado la
obsequiosa dádiva del Sr Wert según declaración posterior: "Por coherencia
siempre dije que no quería dinero público por mi trabajo, que si hubiese sido
el PSOE, lo hubiese rechazado también, que el Estado no tiene por qué darme
dinero por escribir, porque me guste hacerlo". Me viene a la memoria otro
autor español de grato recuerdo y reconocido prestigio, Juan Goytisolo, que
siempre ha rechazado este tipo de premios, y con argumentos parecidos a los de
Marías, y de más enjundia por una razón intrínseca de orden moral y ético que
tiene mucho que ver con la dignidad y la esencia del escritor: el compromiso
con su obra, que está muy por encima de toda farándula de boato o interés
crematístico. Juan Goytisolo o José Luis Sampedro son ejemplos vivos de esta
especie, y así mismo han sido siempre para mí modelos a seguir entre los
escritores españoles, elevados a una especie de jerarquía o pedestal que se
podría llamar de "novelistas puros", y ahora este gesto de Marías de
momento le sitúa automáticamente en ese lugar de mi particular mitología.
Si su rechazo al galardón de tan prestigioso
Premio hubiese sido una calculada maniobra de marketin, diseñada para el
aumento de ventas de ejemplares de su último libro "Los
enamoramientos", aunque fuese una ineludible imposición de la editorial, mi
decepción sería enorme; aunque en realidad tampoco creo que sea para tanto,
porque vivimos unos tiempos y en un país "de todos los demonios", que
diría Jaime Gil de Biedma.
Juan Pueyo
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